No necesito más que pensar en la chica a quien quiero invadir su mente y ya está. Es todo. No necesito hacer más. Solo me proyecto en ella y lo demás fluye. En mi mente, puedo ver lo que ella ve. En ese sentido, no tengo otro tipo de “confirmación” de estar “enlazado” a ella; y la verdad, no necesito más. No siento lo que siente, ni tengo acceso a sus pensamientos. Y eso está bien, pues no lo necesito. Poder ver su reacción a la distancia, es lo más estimulante y excitante que me ha pasado jamás.
Te doy un ejemplo.
Mira. Mira a esa chica, la que está a tres metros de distancia, la del collar que me recuerda el mismo que le regalé a mi ex; si, ese mismo que rompió y me aventó a la cara cuando me dejó por el tipo del gimnasio; la que no sabe ni mi nombre, la misma que solo me “barre” cuando tengo la mala fortuna de topármela de frente. Solo necesito pensarla. Concentrarme. Ya está. Sus pupilas son mis pupilas. Ya estoy conectado a ella. Veo con claridad lo que ven sus ojos ahora. Y aquí es cuando viene lo interesante. Las personas a las que estoy conectado sienten lo que imagino en mi mente que les hago, esa es la parte divertida. Están conscientes en todo momento, y al mismo tiempo experimentan en carne propia lo que les hago en mis pensamientos.